La vuelta de un evasivo sin remedio al bosque hechizado

            Regresé. Regresé al lugar aquel donde los espíritus de la ciudad del “no pasa nada” y donde todo puede pasar, deambulan por las paredes de la arquitectura colonial y art deco y noveau con la música de cascabeles, Revueltas, Ponce y Chávez. Regresé, también, precisamente de allí. Fue la séptima vez que iba a allá, la tercera que lo hacía sola. La diferencia radicaba que en esta ocasión casi todos sabían donde iba yo a estar ese día. Aunque, al igual que las otras veces que lo he hecho sola, también iba yo en calidad de escapista; siempre con la constante presente de que podía NO regresar. Dicen que el que no arriesga no gana, y que la soledad es el precio de la libertad. Pero tenía que hacer esas cosas que me apartan del prototipo del humano promedio y que me dan un respiro siempre fresco de la rutina siempre tediosa. Tenía que respirar ese pasado que va más a tono con mi inexplicable forma de ser, sentir y pensar, con un toque de la imprescindible muerte, que permitir que el tedio de esa vida que no puedo vivir se tragara enteras mis ilusiones.

Tenía que hablar con Ella, antes de que mi propia raza en turno se la llevara, posiblemente para siempre, lejos de mis andares errantes por estas tierras.

            Así pues, a las 8 de la mañana abordé el camión, casi lleno rumbo a momentos de peligrosidad explícita de esos en los que no se piensa para no invocarlos. Pude ver ese cáncer de la contaminación que afecta a todos esos pequeños poblados y las ahora cafés arboledas del camino que siempre me llenaban de vida. En menos de lo que había pensado ya estaba en la primera estación del metro. Pude ver en los escalones de los andenes, entre estación y estación, el desgaste en las escaleras marmóreas (que no son tan viejas) de la acción del paso de millones de pies todos los días. Al bajar en Chapultepec me arrepentí de no haberle comprando a un hombre del metro dos bolsas de pasas con chocolate por 5 pesos que me ofrecía; hubiéramos ganado los dos. Realicé allí el único encargo que me hicieron: comprar una especie de correa para niños muy barata que venden en el bosque para mantener a raya a ladrones y a los niños mismos. Entre una descomunal nube de burbujas muy pequeñitas y el trampantojo de las ardillas bajando de cabeza por los troncos de los árboles, llegué al Museo de Arte Moderno, a hacer lo más importante y urgente. Mi parte humana que lleva el estandarte de “artista” fue vencida por la tentación de entrar a la exposición de Rothko, principal representante del expresionismo abstracto. Es increíble todos los sentimientos que desata un cuadro gigante de color rojo muy vívido con un cuadro verde viridian oscuro más pequeño dentro de él. No se necesita ningún tipo de teoría para comprender el color directamente con el corazón. Descubrí, en otra exposición, cuanta satisfacción (¿será eso malo?) podía sentir ante una fotografía gigante de la cabeza de un pitbull degollado. Tal vez reincidía en mí mi pasado felino. Descubrí también que no es que la mediocridad no entre a los museos, sino más bien, que cualquiera puede trabajar en uno. Se les ocurrió la idea de cambiar toda su colección permanente a un rincón inocuo en un pequeño edificio aparte. Al salir hacia allá me vi envuelta de nuevo en millones de diminutas burbujas, que ahora daban un aspecto más místico al lugar. Me vi a mí misma reflejada en las paredes de dicho edificio, acercándome cada vez más como si fuera más bien a encontrarme conmigo misma o como si fuera yo quien me daba la bienvenida. Al llegar subí las escaleras frías y blancas que parecían de mármol para encontrar gente apretujada que recordaba el santuario de las mariposas monarcas en Michoacán, volaban de lado en lado para posarse (amontonarse) en lugares estratégicos y regresaban al punto de partida para tomar después otro punto. Debí de haber pasado desapercibida, ya que enfile rápida carrera hacía aquello muy deseado a lo que por fin había ido, viendo de forma rápida y grosera las pinturas ya conocidas y sin dedicarle ni una mirada a las Dos Fridas.  Detrás de un montón de personas estaba una parte pequeña, pero muy útil, de lo que buscaba; quería mi espacio, así que esperé. Cuando se abrió un hueco entre los presentes tomé mi lugar con la firme intención de darme, ahora, mí tiempo.

Allí, completamente al frente mío, estaba Ella, en su esencia. Aquel lenguaje que puedo leer y comprender también con mi esencia me hablaba otra vez; aunque ahora con ese, también familiar  para mi, sabor a infinita tristeza. No tenía ganas de dar explicaciones, por lo que hice un esfuerzo sobrehumano para evitar que mis ganas de llorar fueran demasiado evidentes. Antes eran provocadas por esa sensación misteriosa de estar ante algo familiar y conocido al que nunca antes (en esta vida, suponemos) habíamos visto; la emoción de reencontrarnos con esa parte trascendente de un sentimiento que rompe las barreras de las realidades, del tiempo y del espacio. La realidad de ahora era otra, no sabía (ni ahora lo sé) si esa era la última vez que estaría frente a esos cuadros; a mi alrededor habían muchas voces pretenciosas de completa ignorancia hacia la situación, situación que, después de todo nos incumbe a todos los mexicanos. Me tomé mi tiempo, y por primera vez en mi vida, una de las maldiciones que pesan sobre mí actuó de forma contraria: en todo ese tiempo estuve sola a mis anchas paseando frente a los 9 cuadros, sin gente alrededor, como si el museo estuviera cerrado. Veía, incluso, como llegaba más gente al edificio, pero no había nadie en donde yo estaba; un vigilante hizo acto de presencia para ver si todo estaba bien, y pudo ver que también yo no tenía a nadie. Era hora de despedirse, sin saber hasta cuándo sería el reencuentro y sin saber dónde sería. No quería irme, pero la gente comenzaba a circular por allí nuevamente y el encantamiento se acababa…estaba convirtiéndome otra vez en un sencillo ser humano, sin nada mágico más que esperanzas. En mi sombra guardé las emociones de este último encuentro, para hacer con ellas camino hacía donde  la mano de la razón formal del ser humano me apartó.

Cuando salía del lugar me preguntaba, con plena comprensión del significado total de la cuestión, ¿y ahora qué? Al llegar a la parada de autobuses me topé con una pareja de muchachas japonesas, entendí algo de lo que dijeron y me di cuenta que con lo que estaba aprendiendo y lo que ya sabía mi camino comenzaba a vislumbrarse lejano e interesante.

            Repetí en las tiendas y establecimientos comerciales ambulantes la misma historia que en Querétaro: nunca hay nada para mí. Preferí gastar unas monedas cuando un trasvesti muy mono me mostró su alcancía pidiendo por sus iguales con sida. Recordé cuando era pequeña y me llamaban la atención los barnices para uñas con brillantina de colores, pero siempre me decían que esos eran para prostitutas. Yo no sabía qué era eso. Creo ahora que a él se le veían muy bien, por lo que no puede ser tan malo. Después de todo, muy poca gente da las gracias de forma sincera. Sientes cuando es real porque suena tan diferente, te hace sentir bien, así como lo hizo esta “chica”.

En visita obligada a Gandhi salí con un calendario y un buen libro, otra llave. El hombre del guardarropa de la tienda me alegró el rato al entregarme mi mochila diciendo de forma lenta y honorable “Que tenga un muy buen día” con una sinceridad que hizo brillar de nuevo la armadura perdida. Decidí regresar, oscurecía temprano y comenzaba a engentarme; comenzaba también a comprobar que pronto habría que encontrar otra fuente de energía, ya que el DF también estaba perdiendo su magia ante la rutina de un mundo a punto de morir. Era hora, pues, de regresar a la vida normal. De camino a la central de autobuses me di cuenta de que lo que antes era una barbaridad, casi un suicidio, ahora era algo tan normal que corría el riesgo de volverse mundano. Aprovecharé toda oportunidad que tenga para volver a Ella, pero no regresaré por nada más en especial.

            Ya en el camión pasaron cosas dignas de mención: rompí mi record de leer un libro (el primer libro de Las Crónicas de Narnia en 4 horas), estuve bien alimentada y el paisaje en el camino se veía mejor bajo el sol del atardecer. Disfruté también de la soledad que me permitió charlar a gusto conmigo. También me di cuenta que este cuerpo gana años, por lo que se cansa más. Llegué Querétaro como si nada, me recibió con un taxista medio ebrio y una compañera del trabajo prófuga de incógnita. En casa todo era normal, cuando me dejé caer en mi cama me hice la pregunta obligada, pero con cambio de conjugación de tiempo: ¿Y si no hubiera vuelto? Ahora ya era seguro que los “hubiera” no valen.

            Toda la semana siguiente estuve corriendo entre trabajos de la semana cultural de la escuela como el cada vez más extenuante trabajo con las piñatas. Pero al llegar la noche no me sentía con el alma cansada. De hecho dormí muy bien. Ese pequeño hueco que siempre me ha molestado desde que repentinamente apareció un día cuando tenía 16 años, estaba muy quieto, casi imperceptible. Sabía que al pasar del tiempo se haría otra vez al tamaño que estaba antes del viaje y seguiría su curso acostumbrado hacia la amplitud; pero por ahora me  dejó vivir, se podría decir, feliz por un ratito. Dibujé y escribí, y pienso usar lo que me queda para acabar aquel cuadro.  

Por ahora sé que puede uno llegar muy lejos si tiene la motivación adecuada. Para diciembre tendré que regresar al DF a realizar el examen de japonés, trataré de desviarme después hacia Chapultepec, para regresar con un poco de esa magia que solo yo comprendo y terminar bien este atropellado año. Entonces veremos qué sucede.

またね!

Noviembre 2005

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